A continuación te presentamos reseña (s) de libro (s) acabadito (s) de llegar a nuestra biblioteca.
Guevara, Nicolás (2008) La ciudad cotidiana. Santo Domingo : Ediciones Renovación.
La Ciudad Cotidiana, o las peripecias y dolores de un civil (Nicolás Guevara) que desea ver su ciudad madurar hasta convertirse en Polis o Patria. Por Leopoldo Artiles
Este libro de ensayos de Nicolás Guevara, La Ciudad Cotidiana, que mereciera el Premio de Ensayo “Rufino Martínez que otorga el Concurso Literario Por nuestro País Primero 2007, es la expresión auténtica de un dominicano que asume la dominicanidad desde un ángulo crítico y a la vez resignado, esto último por la emoción - ¿podemos decir, amorosa?-que lo vincula a esa “patria dominicana” de manera inquebrantable, pues si bien Guevara, en su condición de escritor, es decir de sujeto que interviene su realidad con el medio de la escritura, no gusta de todo lo que allí encuentra, todo lo que caracteriza su experiencia de patria.
Esa experiencia de patria, que Guevara nos entrega, a veces, en trozos autobiográficos por tratarse de vivencias directas, se manifiesta en encuentros y desencuentros con el poder abusivo que hace del “civil” un sujeto que para la autoridad es un simple objeto sobre el cual ejercer un poder despótico, desconsiderado, sin obligación de rendir cuentas. El civil es un “punching bag”, para usar la terminología del boxeo, con el cual ese otro personaje investido de autoridad (policía, empleado público, etcétera) pero que, en el fondo, tampoco es más que un civil en potencia dotado de la capacidad de ejercer temporalmente la coerción, expresa sus frustraciones y servidumbres últimas.
Es una experiencia llena del gozoso ritmo que la música sincrética dominicana contiene en su estructura, un ritmo que hace al cuerpo hablar de sus deseos más recónditos y que, quizás no por eso sino por otras razones, no rima a veces con el sentido expresado en las letras que lo acompañan: es muy frecuente, nos dice Guevara, encontrarnos con merengues muy rítmicos y gozosos, con “manbo” como él señala, que sin embargo sostienen un mensaje ligado al desprecio de la mujer, por ejemplo. Esto hace que mucho de la producción musical del país sea efímera, porque al no tener aliento poético, no persiste en la memoria colectiva. Pero Guevara no desespera, y de alguna manera nos insinúa que esa música con aliento poético está ahí, aunque quizás marginada por los intereses comerciales que sacan beneficio del manbo a secas.
La Ciudad Cotidiana es también el reflejo de la experiencia dura de la gente pobre, cuya condición se arraiga en determinantes relaciones de exclusión y desigualdad, lo cual no impide, afortunadamente, que de esa experiencia de privaciones surjan formas, expresiones culturales y gustos auténticos, y se exprese en el pregón de un vendedor ambulante. Guevara nos enseña a apreciar lo difícil que es el “arte” de pregonar al considerar la dimensión de la disciplina física, fisiológica y mental que requiere para servir al propósito de quien, por sus condiciones de pobreza, depende de él para persuadir a quienes puedan potencialmente comprar la oferta y sobrevivir. Aunque sea precariamente.
Es así como la narración tentativa que desde la cotidianidad se hace de la “patria” puede leerse como una historia de amor no correspondido: la patria a la que tanto se quiere, no parece corresponder a dicho amor, de ahí esa relación compleja que el escritor Guevara mantiene con la misma, de distancia y cercanía a la vez, de crítica aguda de los males que en ella se reproducen, pero de compasión amorosa, teñida de pasión utópica, hacia la “patria” que tiene otras posibilidades, que pueda aspirar a la auténtica titularidad de Ciudad como sinónimo de Polis.
Digo esto porque en los ensayos que componen este libro, late el deseo de que la “patria” sea distinta; de que la sociedad dominicana disfrute en su conjunto de mayor formación para disfrutar plenamente del legado y la actualidad de su creatividad social y cultural, y no estar limitada al disfrute del arte caravelita o cukicá, por interesante que pueda resultar la experiencia social, excelentemente descrita por Guerava, de un gusto que expresa una necesidad de expresión e intercambio de placeres; Guevara sueña, como él mismo soñó desde los días en que empezó a andar por las calles de su ciudad, en una “patria” donde sus hombres y mujeres, sus niños y niñas, sus jóvenes, sean más libres, intelectual y emocionalmente, capaces de disfrutar de una sexualidad madura, con sentido; una “patria” en donde la pobreza no sea cárcel de privaciones de las mayorías; una “patria” donde los civiles dejen de ser “civiles” para las autoridades, y sean verdaderos ciudadanos con pleno ejercicio de sus derechos y ostentación de su dignidad soberana ante las autoridades pagadas y elegidas por éstos y estas. Se trata de asumir la ciudadanía con todas sus consecuencias, ciudadanía densa contra la ciudadanía “Light” que se estila en estos tiempos post-modernos, con su rigurosa dieta de reducción de los derechos sociales y políticos que históricamente han constituido la esencia de la ciudadanía universal y políticamente empoderadora.
Durante el recorrido, Guevara no vacila en rescatar en su escritura la humanidad no reconocida de los pobres y excluidos, regularmente sometidos a la opresión del estereotipo. Por ello nos dice, en el ensayo “Más allá del hacinamiento, la delincuencia y la pobreza”: “Pero se olvida que las barriadas son mucho más que conglomerados humanos en estado de hacinamiento y descomposición social. Son territorios urbanos poblados de sueños, en los cuales se expresa un vivir que se resiste a la marginación buscando alternativas de sobrevivencia, al igual que en otros sectores populares. Toda la familia tiene que tirarse a las calles para conseguir el sustento diario. Para empezar a conocer los valores y rasgos particulares del a comunidad urbana popular, basta con detenerse en una esquina cualquiera de una vecindad y observar con detenimiento los rostros que van y vienen; esos que apenas con diez años hablan con la mirada o aquellos, que siendo un poco más maduros se expresan con un gesto, una sonrisa o simplemente con tres carazos bien colocados en la conversación.” Y a seguidas Guevara nos entrega en breves trozos poéticos los retratos humanos del niño, la mujer y el trabajador de las barriadas populares, que él conoce íntimamente porque ha vivido allí, las ha recorrido y luego, en su juventud y durante el resto de su vida las ha defendido, entregándonos una imagen fiel de su humanidad.
Los textos de Guevara a ratos exudan melancolía, pero el buen humor y la esperanza acaban imponiendo su hegemonía plural, variopinta, crítica y emotiva. Yo por mi cuenta tengo la esperanza de contribuir, con mi apreciación, a estimular la lectura de los textos de Nicolás para ir al encuentro de una dominicanidad libre de censuras, exclusiones y arritmias.