Vigencia de Pedro Poveda
Tomado de: Boletín Maestras y Maestros: prácticas y cambios, No. 38

Contenido:
Quién era Pedro Poveda? Consuelo Jimeno
Cuando queremos acercarnos a una persona, conocerla más, uno de los medios más recomendados es abrirnos a un diálogo con ella.
Si le preguntáramos a Pedro Poveda cómo podemos conocer la gente, aquella con la que compartimos nuestra cotidianidad o aquella, más lejana en el tiempo y en el espacio, como él, pero que de alguna manera se nos hace cercana por su testimonio interpelador, nos diría de seguro:
“las obras, sí, ellas son las que dan testimonio de nosotros y las que dicen con elocuencia incomparable lo que somos”.
Es desde esta intencionalidad
que ofrecemos estos datos biográficos
de Pedro Poveda. No son exhaustivos
pero pretenden recoger aspectos
significativos de su vida, de sus
intereses, de sus sueños, de sus
preocupaciones y ocupaciones. En
definitiva, de aquello a lo que se entregó
y en lo que gastó sus mejores energías,
a lo que dedicó su vida toda.
Nace en Linares, un pueblo de Andalucía (España) en 1874, en un contexto de crisis local y nacional que supone el paso del siglo XIX al XX. Es ésta una crisis epocal que se experimenta en los ámbitos social, político, cultural y económico, en la que chocan dos cosmovisiones: la moderna y la tradicional. Ambas ofrecen las estrategias y las soluciones que consideran pertinentes para la salida de la crisis.
Poveda nace en el seno de una familia minera. Su nacimiento y su primera juventud lo conectan con el mundo de los obreros y de la acción sindical, muy importante en su contexto. Desde muy joven manifiesta su deseo de ser sacerdote. Y en Guadix, otra ciudad andaluza, empezará su sacerdocio abriéndose a la realidad, impactante por injusta, de las “cuevas” en las afueras de la ciudad, donde viven los excluidos, los más pobres: los gitanos, los braceros. Para trabajar con ellas/os llama a colaborar a todos y empieza el largo sendero de la búsqueda de soluciones a los problemas que encuentra. “Hay que empezar haciendo” dirá desde entonces. Y a eso se aboca en los distintos momentos de su vida: analiza, critica, siempre proponiendo qué hacer.
Sus aportes buscan sacar a la
superficie lo mejor de la persona
humana. No es la solución de “dar el
pescado, sino de buscar la caña para
pescar”. Por eso surgen las escuelas,
los talleres y el resto de las iniciativas,
buscando siempre el desarrollo integral
de la persona. Y por eso los gitanos que
estuvieron con él, cuando recuerdan
aquella época y se les pide que
resalten lo más significativo afirman: “ a
mí don Pedro me hizo persona”.
En los primeros años del siglo (1906-1913) desde Covadonga, en un santuario dedicado a la Virgen, ubicado al norte de España empieza a vislumbrar la problemática más global de su país: entra en contacto con otras personas preocupadas por la realidad, lee, estudia, analiza y proyecta.
Contemporáneamente entre los
grupos que buscan estrategias para la
salida de la crisis nacional, hay un
movimiento, el llamado
regeneracionismo, que impulsa la
educación como la estrategia para
lograr la transformación que el país
requiere. Poveda se inscribe en esa
corriente que entiende la pedagogía y la
educación como las claves de la
transformación social. Y se lanza a
difundir sus ideas. Publica artículos en
los que analiza los problemas
educativos del presente, invita a las y
los maestros a unir sus fuerzas, a
formarse sólidamente, articulando la fe
con las teorías más innovadoras en el campo pedagógico y a actuar desde lo
cotidiano, elaborando propuestas para
intervenir en la transformación de su
realidad social y educativa.
Para esto ofrece mediaciones: los proyectos pedagógicos y dentro de ellos las Academias y los Centros Pedagógicos para abordar la formación de las y los educadores de escuela pública, para permitir los intercambios de experiencias, las propuestas, la innovación. Espacios donde se construya una formación sólida y de competencia profesional que permita a maestras y maestros recuperar su voz en la tarea pedagógico-social, que es ante todo una tarea de “reconstrucción” desde una opción ética. Con las propias palabras de Poveda esto es “tomar en serio la pedagogía”.
Desde 1913, otra vez en
Andalucía, se dedicará a impulsar las“Academias Teresianas” que darán
origen en 1917 a la Institución Teresiana.
Cuando él tiene que explicar el por qué
de ese nombre, confiesa que busca esa
identidad e inspiración en Teresa de
Avila, mujer inquieta que supo integrar en
su vida la fe y la ciencia, que supo
roturar, desde esa integración, nuevos
caminos. La Institución Teresiana será
en lo adelante la obra de su vida y la
plataforma para construir su propuesta
pedagógica, para operativizar sus
sueños en la línea que venimos
señalando.
En 1921 se traslada a la capital,
Madrid y hasta su muerte seguirá en
contacto y articulado a distintas
iniciativas todas ellas tendentes a
responder a los desafíos culturales y
educacionales de su momento. En julio
de 1936, al estallar la guerra civil el
odio desatado y la violencia rompen
toda posibilidad de diálogo ciudadano
para afrontar soluciones conjuntas a los
problemas. El odio y la violencia matan
siempre a los mejores, ha dicho alguien:
Poveda muere en la madrugada del 28
de julio en coherencia con lo que había
sido su vida de fe, su identidad
sacerdotal y sus principios de tolerancia,
diálogo y articulación de fuerzas.
Manuel del Cabral, poeta dominicano, en “Compadre Mon” nos dice:
”La gayumba la hace el indio en un hoyo y con dos cuerdas.
Mi voz, como la gayumba no canta si está sin tierra”.
No podemos entender a Poveda
sino es desde la preocupación
constante por responder a los retos y
desafíos de nuestras realidades. Su
reflexión y su acción parten del análisis
de la realidad sociocultural, desde una
mirada de fe, desde unos valores de
justicia y solidaridad, que lo llevan a
comprometerse en la transformación de
la misma. La educación es para él
creación, libertad, comunicación. Un modo de solidaridad, especialmente con
los más excluidos (por eso su atención
preferente a los pobres, las mujeres, los
jóvenes), una relación de encuentro que
abre camino a la participación, la
iniciativa, la elaboración conjunta de
propuestas, las nuevas relaciones.
En definitiva, la educación es para él la forma de colaborar en la construcción de sujetos.
Finalmente queremos señalar otros rasgos de su perfil, que destacan muchas de las personas que lo conocieron:
Si las obras son las que dan testimonio de lo que somos... ¿qué diríamos nosotras y nosotros que fue/es Pedro Poveda?
Testimonio de vida. Fabiola Bustamante
“Las obras dan testimonio
de lo que somos”.
Pedro Poveda
Con esta afirmación Pedro Poveda nos
brinda unas orientaciones programáticas para la
vida. Son breves y sencillas pero muy
importantes en nuestra actuación en la vida
cotidiana y sobre todo para mantener un trato
amable y atrayente con el prójimo.
Esta reflexión de Poveda se relaciona con las palabras de San Mateo:
“Hagan ustedes con los demás todo lo que desean que hagan con ustedes; porque ésta es la suma de la ley y los profetas”. (Mt. 7,12)
En este mundo, donde prevalece más el odio que el amor, el egoísmo que la solidaridad, la división que la unidad y el caos más que la armonía, acudimos a Pedro Poveda en ocasión de su fiesta. Le pedimos que nos siga fortaleciendo para poder responder a las exigencias de la regla de la vida que nos aporta para aprender a convivir, soñar y construir con el prójimo.
Esta pauta de vida nos presenta nuevos retos para articular teoría y práctica, reflexión y acción, discurso y actuación comprometida, por tanto sobran palabras vacías al margen de las necesidades de los grupos, de los pueblos y las comunidades. En consecuencia debemos ser testigos de compromiso, testigos de la participación responsable frente a los problemas que tiene la gente del barrio, de la comunidad, del lugar de trabajo y de la familia. Así nos unimos al Proyecto de Jesús, que anunció y actuó en todo momento.
Las obras dan testimonio de lo que somos en la calle, en la iglesia, en la organización popular, en el partido político, en la comunidad, en cualquier contexto en que nos movamos. Dejémonos interpelar por este pensamiento de Pedro Poveda y así podremos aportar desde la práctica, desde lo que realmente somos y tenemos.
¿Queremos participación y democracia? Empecemos abriéndonos al compromiso compartido y a la libertad de los hijos e hijas de Dios.
Poner en práctica con verdadero espíritu las orientaciones que Poveda nos ofrece, nos permite contribuir a la construcción de un mundo mejor y más feliz.
Poveda como creyente. Luis Quezada
“La encarnación bien entendida, la persona de Cristo, su naturaleza
y su vida dan para quien lo entiende, la norma segura para ser
santo, siendo al propio tiempo humano con el humanismo de
verdad”.
Pedro Poveda
La Encarnación es la base teológica de toda la propuesta pedagógica de Pedro Poveda. El perfil de la fe de este hombre de Dios viene marcado por la Encarnación. Hay una teología de la encarnación que subyace en todo su pensamiento, compromiso y testimonio de vida. Más aún, en el corazón y la mente de Pedro Poveda está grabada una espiritualidad de la encarnación.
Para él, la persona de Cristo es la encarnación (“La Encarnación bien entendida,
la persona de Cristo”.), es decir, la alianza inseparable entre Dios y el ser humano,
entre la Trinidad y la Humanidad. Hoy sabemos que el corazón de la Biblia es la
Alianza entre Dios y su Pueblo y que la cumbre de esa alianza es la “encarnación del
Verbo”: Jesús de Nazaret es “la mejor palabra de Dios a los seres humanos y la mejor
respuesta de los seres humanos a Dios”.
Primera consecuencia que sacamos de esta fe en la encarnación que tuvo Poveda: lo divino y lo humano van juntos, son una alianza inseparable; por eso hay que saber encontrar el valor divino que tiene todo lo humano. Pero no basta decir con la encarnación que Dios se hizo ser humano; hay que preguntarse a la vez, qué clase de ser humano se hizo Dios. Me parece que el himno de los filipenses expresaría claramente lo que latiría profundamente en el cristiano que fue Poveda:
“Tengan ustedes los mismos sentimientos y actitudes que tuvo Jesús, pues Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de un esclavo, haciéndose uno de tantos y presentándose como un hombre cualquiera se abajó, obedeciendo hasta la muerte, y una muerte en cruz. Por eso Dios lo encumbró sobre todo y le concedió el nombre que está sobre todo nombre, de modo que al nuevo nombre de Jesús, toda rodilla se doble y toda boca proclame que Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre”. (Fil. 2, 5-11)
En sana teología cristiana, la Trinidad se hace presente en la humanidad desde la marginalidad, para desde ahí construir la solidaridad. Esta fe en una encarnación del verbo, historificada en la naturaleza y la vida de Jesús, llevó a Poveda a una “opción por los pobres” como exigencia de la encarnación (“amar a todos, preferir a los pequeños, a los necesitados, a los pobres”).
La encarnación viene expresada en la Biblia en una “ley de la marginalidad” (Mesters): Dios se revela siempre desde los pequeños, los necesitados, los pobres, hasta que se reveló plenamente en un pequeño, un necesitado y un pobre llamado Jesús.
En la encarnación, Poveda encuentra “la norma segura para ser santo”. El ser de Dios es la santidad. Y el ser de Dios es comunión, participación y solidaridad amorosas. Poveda entendió el amor desde “la carne de Jesús”, como fidelidad al Padre y a los pobres, construyendo desde estos la buena noticia de su Reino.
“El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres...”
(Lc. 4, 18 y ss)
Para Poveda, la encarnación es el criterio teológico básico del “humanismo verdad”. La santidad o el ser cristiano no es un “segundo piso” que uno le añade a lo humano, sino que lo cristiano es la profundización de lo humano. “Destruir lo humano, jamás”, dirá Poveda. Y desde esa cotidianidad de lo humano, sembrar la semilla del Reino (la semilla es signo de encarnación: algo que se entierra y desde dentro produce frutos).
La Encarnación es el misterio que nos impulsa a asumir la unidad radical desde la más profunda diversidad. La encarnación nos impide caer en un universalismo abstracto. Y lo que existe no es una humanidad en abstracto, sino seres humanos concretos, en una cultura, con una identidad específica, dentro de una gran diversidad.
Y para lograr ese “humanismo verdad” desde la encarnación, Pedro Poveda hizo opción por la educación. Educación y Encarnación van de la mano en el pensamiento povedano. Decía Juan Pablo II, en una audiencia concedida a la Institución Teresiana que “un aspecto esencial de la acción evangelizadora de Pedro Poveda fue la enseñanza fundamentada en la antropología derivada de la encarnación”. Él miró toda la educación desde la encarnación. Para Poveda, sin una fe encarnada y una educación encarnada, es imposible “poner a Dios en el corazón de las gentes”.
Sin la encarnación no se entiende la propuesta educativa povedana. Es su“piedra angular”, su “principio fundamento”, su “LEITMOTIV”. Por eso la encarnación es
el pozo atrevido, atractivo y atrayente al cual va a beber permanentemente la Institución
Teresiana para sintonizar con el carisma, talante, iniciativa, propuesta y sueño
pedagógico de Pedro Poveda.
Poveda percibió la I. T. como laicos/as en el corazón del mundo y de la iglesia, dispuestos a encarnar la fe en el momento histórico desde una propuesta pedagógica que asume la acción educativa como una tarea de recreación cultural humanizadora, desde una inculturación en todos los pueblos y desde la inserción en el mundo de los pequeños, los necesitados y los pobres.
En una palabra: ENCARNACIÓN encierra todo el desafío de la propuesta educativa de Pedro Poveda. Ojalá podamos continuar en ella.
Quien era Pedro Poveda. Pura Emeterio
Quien escribe aspira siempre a decir algo nuevo. Aspiración imposible de lograr, más aún a estas alturas del siglo cuando ya hace demasiado tiempo que todo está dicho. Sin embargo, con un poco de suerte se puede lograr que el lenguaje ayude a dar ciertos aires de novedad (o actualización) a lo ya conocido, posibilitando así nuevas lecturas. Vale decir unas nuevas interpretaciones a lo ya dicho. Y pensándolo bien, eso no es poco.
La situación planteada se torna todavía más difícil cuando se intenta decir algo acerca del pensamiento y/o la personalidad de Pedro Poveda a la amplia familia de este Centro que lleva su nombre, pues me digo: en el terreno educativo, por ejemplo, ¿qué puedo presentar de Pedro Poveda que no haya sido ya analizado e incorporado al acervo del Centro Poveda?
No obstante, aún sabiendo que
no hago sino repetir, reflexionaré sobre
algunos ejes importantes de la
propuesta povedana en su conjunto y
que sigue teniendo hoy tanta o más
vigencia que hace sesenta, setenta u
ochenta años cuando Pedro Poveda la
decía, la escribía, la enseñaba desde la
práctica, como era su forma, su estilo
propio: mantener en su persona la
unidad pensamiento-palabra-vida.
Pues de esta actitud que dio solidez a toda su existencia, brota esa propuesta a la que quiero referirme: la búsqueda de la unión, de la unidad, del aunar esfuerzos. En sus escritos asombra el incontable número de veces que exhorta a unir fuerzas; a sacrificar los pequeños y particulares intereses en función del desarrollo de un proyecto mayor, de un objetivo común.
En su “Breviario para la acción”, refiriéndose a la necesidad de formación de maestros para la transformación social, dice:
“Aprestémonos a la lucha formando un profesorado cristiano y competente; llevémosle a la enseñanza oficial; prestémosle aliento y protección; mantengámosle en el espíritu cristiano y en la unión profesional”.
(En Angeles Galino:1965:120)
La claridad y fuerte convicción en los propósitos que animan su acción, hace que su llamado a unir fuerzas con otros no sea sectorizado sino muy abierto, ilimitado en los contextos en que se movía:
A la Institución podrán pertenecer todos los católicos; dentro de ella caben todas las empresas de enseñanza, todas las fundaciones que no pertenezcan a Institutos religiosos o patronatos fundados de manera tal que excluyan toda intervención ajena (...) Todo lo que sea quitar sello personal a este género de empresas (...) es caminar sobre base firme, con mayores garantías de éxito. (...) Esta uniformidad en la preparación, educación e instrucción de profesores y alumnos, la solidaridad que de ella nacería y el mantenimiento del mismo espíritu, es decir, esta acción común, (...) sería el medio más eficaz para organizar la primera enseñanza católica, y en breve se habría remediado el atraso que de la falta de unión y de organización llevamos en ésta como en otras muchas obras de acción social. (Ibid.: 110-111)
Poniendo entre paréntesis los elementos circunstanciales de estos planteamientos de Pedro Poveda y yendo al espíritu de los mismos, podemos ver en seguida su aplicabilidad en nuestro hoy. Una mínima comprensión de la amplitud mental de Poveda autorizaría a algunas interpretaciones de su pensamiento. El catolicismo, por ejemplo, es su amplio marco de referencia, el cual lejos de convertirse en sectario, es más bien la fuente que alimenta su profundo humanismo. Quizás tampoco hace falta decir que una interpretación fiel al texto leerá escuela y maestro en sentido estricto y amplio a la vez, como se entiende hoy en día.
Para los efectos de lo que venimos señalando interesa subrayar su insistencia en la necesidad de la unión ligada como está al imperativo de una organización que conduzca a los fines perseguidos. Sus palabras son pertinentes en el seno de la sociedad dominicana, tan fragmentada en todos sus estamentos y por lo mismo tan débil y quebradiza. Pero entiendo que son particularmente necesarias, dignas de atención y estudio, en el ámbito de tantas organizaciones en el país, que como el Centro Poveda, fundamentan su razón de ser en que contribuyen o quieren contribuir a un cambio político, socio-económico y cultural que favorezca a las mayorías.
Digo que necesitamos escuchar
las palabras de Pedro Poveda aquí, por
la desproporción que existe entre la
gran cantidad de organizaciones de esta índole y la desarticulación organizativa
tan notoria en el pueblo dominicano
actualmente. Ello le impide una
canalización idónea y efectiva de los
reclamos a los derechos más
elementales. Cuando Pedro Poveda
habla de “quitar todo lo que tenga el
sello personal”, el que tanto defiende el
derecho de toda persona a serlo
efectivamente, lo que quiere es advertir
contra los vicios en el ejercicio del
liderazgo, sobre todo aquellos que
obstaculizan el caminar conjunto en la
conquista de metas comunes.
Ojalá podamos, desde el Centro Poveda irradiar esta herencia povedana; impulsarla y promoverla, conscientes de que es condición absolutamente indispensable para el logro de los ideales que dan sentido a nuestro quehacer cotidiano y nos permite articularlo a lo global en una acción socioeducativa transformadora que fortalezca la sociedad civil.
Pedro Poveda, Educador Contemporáneo...o la Ética de la Pedagogía. Raymundo González
Leer a Pedro Poveda resulta tan estimulante como toda buena relación pedagógica. Aun a la distancia que impone la velocidad de los cambios que han ocurrido en los últimos años, tan rápidos y radicales que nos pareciera que el mundo se hubiera cambiado en el curso de unos cuantos años, los escritos suyos no han perdido actualidad para nosotros y nosotras empeñados en la tarea educativa. ¿Qué ocurre con esto? ¿cuál es el secreto que encierran sus escritos? No me atrevo a responder con certeza a esas interrogantes. Pero por las dudas que me asaltan, procuraré enunciar someramente y de manera muy preliminar, dos aspectos relevantes que parecen configurar una ética de la pedagogía. Esto parte de la afirmación de que Pedro Poveda impulsó con su vida y acciones concretas el desarrollo de una nueva conciencia sobre la tarea educativa en la sociedad contemporánea.
Lo que hallo de inmediato es un
sentido de la solidaridad que parte de
la colaboración mutua, horizontal, de
igual a igual entre educadores. Esto
significa tanto el contar con nuestras
propias fuerzas, como el reto personal
de saber explotar nuestras propias
energías. En el caso de los Centros
Pedagógicos -y estoy hablando desde
uno de ellos- se trata de aplicar estas
energías a nuestra formación. Poveda
nos llama a creer en la capacidad (no
sólo potencial, sino más bien efectiva,
aunque ello suponga sacrificios) de
maestras y maestros para la tarea.
Pero al mismo tiempo esa confianza
es asociada a un compromiso con la
calidad, para ello es preciso el estudio
serio, continuo, que forma parte de la
vida de la maestra y el maestro. Los
Centros Pedagógicos son eso:
lugares de encuentro, de discusión,
profundización, de creación:

“Tengo mayores
esperanzas -escribe Poveda
en 1913- en la labor del
Centro Pedagógico...; en él
está... la clave de todas las
obras pedagógicas y sociales
en que estamos empeñados.
Los estudios que en el Centro
se han de hacer, las
conferencias, concursos y
cursos breves que han de dar,
las Misiones Pedagógicas que
han de dispensar, la
publicación de la revista y,
en suma, la perseverante,
concienzuda y bien orientada
labor de profesionales
modelo, impulsada por los
deseos más nobles, en la edad
de todas las energías y con la
invencible fuerza que presta
la unión en el bien y para el
bien, es la más excelente
empresa de los tiempos
actuales”.
Una ética denota siempre un horizonte de sentido. El de Pedro Poveda remite, como mínimo, a tres elementos: el respeto completo del educando, la preparación consciente y continua del educador, el estar atentos a cada realidad concreta en que está inmersa la relación pedagógica y los desafíos que implica para ésta última; lo último dinamiza el conjunto y disuelve cualquier visión estática de la pedagogía. Estos elementos están penetrados el uno del otro, pero el punto de fuerza de ellos está dado en la persona que cumple el papel de educador, pues ésta no es una función espontánea, sino el fruto de una formación permanente, activa y perseverante. En un hombre de fe como Poveda, dicha función está orientada al bien, por medio del bien. Ajuste que tensa la relación entre medios y fines, desafiando así la separación entre ellos que habíamos entendido como constitutiva de nuestra época moderna.
Educación y Calidad de vida. Lucía Abreu
Es común en estos días escuchar
en los distintos espacios educativos
nacionales, entre estudiantes,
profesores, directivos, técnicos... un
sin número de términos novedosos que
hablan de que “algo nuevo” se está
dando en educación. No cabe duda,
hay algo nuevo, novedoso, moviéndose
entre la gente que “brega” en su
cotidianidad con asuntos educativos.
Muy probablemente todo esto
tenga que ver con los proyectos de
reformas que comenzaron a impulsarse
desde el 1992. Proyectos a los que con
más o menos claridad nos hemos ido
aproximando.
Poco a poco hemos ido
incorporando en nuestro lenguaje
algunos vocablos: procesos, cambio,
democratización, participación,
conocimiento, construcción colectiva,
diálogo de saberes, cultura-culturas,
construcción cultural, identidad, gestión,
sujetos, entorno, ejes, propósitos... Yo
también, como educadora he entrado en
la onda.
Pero para mí los referentes han estado un poco más atrás de 1992. Todo este nuevo movimiento y este nuevo lenguaje me remite a alguien que conocí hace más de quince años, a través de sus escritos y de su Gran Obra de Cultura. Se trata de Pedro Poveda, el sacerdote-educador. Me ha pasado que en muchas de las jornadas educativas en las que participo últimamente, cuando escucho algunos planteamientos, pido la bibliografía porque siento que se está citando a Pedro Poveda, un hombre cuyo pensamiento y accionar educativo, cuyo talante de educador y de humanista ha atravesado significativamente este siglo que estamos por cerrar.
La confianza de Poveda en el ser
humano, su pasión por lo humano, lo
llevaron a emprender proyectos
educativos trascendentales, a fundar
una obra educativa de cultura que
sirviera de espacio a la construcción de
saberes y sobre todo a la construcción
de sujetos individuales y colectivos.
Pedro Poveda vivió la certeza de que la educación es camino liberador y lo apostó todo por ella, iniciando uno y otro proyecto y plan de acción para mejorar la calidad de la educación. Por eso, cuando oigo hablar de educación de calidad, como aspiración en muchos espacios y realización en unos cuantos, siento que me remiten a los planteamientos pedagógicos de Poveda. Un hombre que sin lugar a dudas se adelantó a los tiempos.
En los trabajos educativos de Pedro Poveda encuentro muchas veces respuesta a las interrogantes que me hago permanentemente con relación al accionar educativo de mi país. Sus estrategias de trabajo me dan luces.
Por ejemplo, veo que Poveda estaba muy pendiente de las necesidades básicas de las personas. En el entendido de que un buen trabajo educativo ha de fundamentarse en un esfuerzo de dignificación del ser humano. Trabajando con “cueveros”, inició acciones de adecentamiento de las cuevas y de alimentación de las personas que vivían allí, a los que proporcionaba también formación e instrucción (Esto sólo para citar un ejemplo).
Es precisamente en la enseñanza povedana donde encuentro lo que para mí está siendo punto número uno de preocupación-ocupación en este momento. Tiene que ver con la necesidad de una reflexión pedagógica permanente por parte de los educadores y educadoras. Reflexión que ha de tener como punto de partida la práctica escolar cotidiana y la realidad inmediata a la escuela, el entorno, que no puede quedar fuera del currículo y sobre el que la escuela tiene que actuar, transformándolo. El compromiso con esa realidad es para mí lo más desafiante de la propuesta pedagógica de Poveda.
Hoy día mucha gente habla de la
relación escuela-comunidad. Pedro
Poveda nos lo plantea a partir de su accionar en las comunidades donde
establecía escuelas. Una mirada atenta
a esas realidades lo llevaban a
implicarse en tareas sociales
transformadoras. El compromiso era
siempre en dos vertientes: mejorar la
calidad de la educación y mejorar la
calidad de vida. Luego, la problemática
comunitaria entraba a la escuela, hacía
parte de sus contenidos y de sus
métodos, de su dinámica interna.
Y nos lo sigue planteando hoy el
sacerdote educador. La escuela no
puede permanecer al margen de lo que
está pasando a su alrededor. Ha de
implicarse en ello. La promoción
humana integral que ha de impulsar la
escuela exige una postura de
compromiso social radical. Poveda
escribía:
“Yo que tengo la mente y
el corazón en el momento
presente...”
(14 de mayo de 1936)
y de ese momento presente, de su momento histórico, no apartó nunca ni la mente, ni el corazón, ni las manos. Fue un hombre de acción que soñó junto a otros, pensó junto a otros y trabajó junto a otros. Sobre todo junto a aquéllos que creían en la educación como camino liberador y que estaban dispuestos a transitar ese camino.
Me interpela Poveda y en su pensamiento y práctica pedagógica encuentro muchas luces en este momento educativo dominicano, en el que creo que hay que meter muchas energías para echar hacia adelante las reformas educativas planteadas y tan necesarias para el desarrollo del país. Para mejorar las condiciones de vida de la gente.
Me interpela como educadora,
porque es precisamente en los
educadores en los que están puestos
los ojos de Pedro Poveda cuando
propone transformar la escuela.
Entre los distintos actores de la comunidad educativa, los maestros y maestras ocupan la atención de Poveda de manera especial. A ellos invita a tomar las riendas de la escuela, sobre todo de la escuela pública, en un trabajo comprometido de equipo. Un trabajo sustentado en una sólida formación profesional y una conciencia clara de clase; en una reflexión permanente y una mirada atenta y crítica a la realidad. Y, por supuesto, un compromiso social claro y radical, junto a los más empobrecidos.
Pedro Poveda apela al necesario protagonismo de los maestros y maestras, a la construcción de un liderazgo sólido que no contradice la necesaria ubicación de los/las estudiantes en el centro de atención. Todo lo contrario, el liderazgo ha de sustentarse en la capacidad para acompañar procesos formativos de forma eficaz y efectiva, para ayudar a los demás a ser persona.
Y encontramos en las enseñanzas de Poveda caminos muy concretos por donde hemos de avanzar–o arrancar -. Nos habla el Educador de la necesidad de establecer unas nuevas formas de relación en las aulas. Relación de respeto y cariño. Nos habla de favorecer ambientes de participación y creatividad; de establecer un diálogo humanista y humanizador entre la fe y la ciencia; de favorecer la vida de calidad y la educación de calidad. Definitivamente, sigo encontrando en las enseñanzas povedanas muchas luces para seguir impulsando la educación a que aspiro, para involucrarme en las tareas de construcción de sujetos activos, dinámicos, creativos, críticos, democráticos... Me sigue sirviendo como valioso referente ante las tareas educativas y los desafíos que tenemos planteados en nuestra escuela dominicana hoy.
